Reflexión

LA ORACIÓN

Durante la cuaresma se nos invita a ejercitarnos o a prepararnos para llegar a la Pascua con un corazón nuevo. El ayuno, la penitencia, la caridad y la oración son algunos de los ejercicios que podemos hacer para ir más ligeros al encuentro del Señor.
Hoy vamos a detenernos un poco a reflexionar sobre el tema de la oración, pidiéndole al Señor la gracia de poder encontrarnos con él abriéndole nuestro corazón para que permanezca en él.

1.- Introducción

Generalmente, cuando nos retiramos de las actividades ordinarias de nuestra vida, nos mueve el deseo de encontrarnos con Dios y desde ahí leer la trama de nuestra existencia.

Queremos estar un poco a solas con Aquel que nos entiende y nos escucha, sin necesidad de palabras. Deseamos estar con Dios, con Jesús, el Señor de nuestras vidas.

Esta podría ser   ya una definición de oración. Pero, ¿dónde está el Señor? ¿Qué pasa cuando nos encontramos con él y qué consecuencias puede tener ese encuentro para mi vida?

Estas son sólo algunas de las muchas preguntas que nos podemos formular para comprender si realmente estamos haciendo una experiencia de oración y si la oración es lo que esta marcando nuestro ser y quehacer.

2.- ¿Qué es la oración?

Definiciones ya conocemos muchas. Hemos  aprendido mucho  sobre la oración, pero, ¿dé verdad nos hemos hecho hombres y mujeres de oración?

Orar es estar con Dios. Es dejarnos encontrar e invadir por él. Pero también es entrar en él, en su misterio, en su mundo.

Para estar con él, el camino que nos toca recorrer es en sentido contrario. Es decir, no se trata de ir de dentro hacia fuera, de nosotros a un lugar lejano y extraño; sino hay que ir de fuera hacia adentro, de lo superficial a lo profundo, de lo conocido a lo desconocido.

Hay que bajar de la cabeza al corazón, pues resulta que Aquel a quien andamos buscando ya está dentro de nuestra casa.

Dios es el huésped, el habitante eterno de nuestro corazón. Orar es dejar que Dios salga desde dentro, o si se quiere, es darnos cita con él en la sala de nuestro corazón, en lo más profundo de nuestro ser, en donde reside también nuestra verdad, nuestra auténtica identidad.

Orar es crear las condiciones para que se dé el encuentro entre Dios y nosotros; encuentro que nos hace vivir.

3.- Señor, ¿en dónde vives? ¿Dónde te podemos encontrar?

El Evangelio de San Juan pone esta interrogación en la boca de los discípulos que desearían estar con Jesús, que se han sentido fascinados y atraídos por sus palabras y por su persona.

La respuesta es: “vengan y lo verán”. Quiere decir, pónganse en camino, salgan de ustedes mismos, rompan con los lazos que los pueden mantener atado/as.

“Al día siguiente, Juan de nuevo estaba allí con dos de sus discípulos, y fijándose en Jesús, que pasaba, dijo: ¡Este es el Cordero de Dios!. Los dos discípulos, al oírlo, siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan?. Ellos le contestaron: Rabbí (que significa “Maestro”), ¿dónde vives?. Jesús les respondió: Vengan y lo verán. Fueron, pues, y vieron dónde vivía y permanecieron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde”. (Juan 1, 35-39)

Orar es ponerse en marcha hacia donde no sabemos porque el Señor nos irá sorprendiendo a cada paso. Es un salir que implica crecimiento, desarrollo personal, madurez y libertad.

Al Señor se le conoce caminando, empolvándose los pies en los caminos de la historia, metiéndose en la refriega de la humanidad. Es en lo común y ordinario de nuestra existencia, en lo muy humano de nuestro existir en donde el Señor nos hace descubrir su rostro.

Porque Dios está metido hasta la médula de la historia de los hombres y mujeres. Ahí su rostro nos aparece en el marginado, en el maltratado, en quien sufre. Su rostro aparece igualmente en lo bello y en lo bueno del ser humano, en la nobleza que descubrimos en tantas personas extraordinarias que encontramos.

Dios está en la inteligencia de nuestros contemporáneos que saben inventar tecnologías y medios que nos permiten apreciar la bondad de Dios plasmada en nuestro mundo.

Vengan y quédense conmigo, pero sepan que no hay lugar para reposo, para quedarse calmados y tranquilos. La oración es empuje que lanza a ir más lejos, que incomoda y no permite que nos instalemos en seguridades que no tienen futuro.

La oración nos sumerge en lo infinito de Dios y nos obliga a ir cada vez más lejos en nuestro ser humanos  y en nuestro ser para Dios.

4.- ¿Cómo oramos?

Me parece que existe una relación muy clara entre nuestra manera de orar y nuestro modo de ser. Es decir, de la calidad de nuestra oración depende mucho también la calidad de nuestra vida y viceversa.

Si la oración la vivimos como un compromiso, como una actividad que realizamos por costumbre, por deber o porque está marcada en las normas.

Si la oración se reduce a una actividad y no es un encuentro, seguramente nuestra vida estará marcada también por cierto desorden, por el desasosiego interior, por la insatisfacción y hasta la frustración.

Pero si la oración la vivimos en lo gratuito del encuentro, ahora es algo que plenifica, que da sentido a la vida, que alegra y da felicidad.

Si la oración es encuentro con la persona del Señor, ese encuentro integra, orienta y sostiene nuestro caminar en este mundo.

La oración vivida así, da seguridad, llena de esperanza y de confianza. Hace de nosotros personas pacificadas y capaces de construir relaciones auténticas fundadas en el respeto, la comprensión y la compasión.

La oración nos ayuda a crecer porque nos pone en contacto con nuestra verdad más profunda, es decir con lo que somos.

Por una parte desenmascara los engaños que nos creamos para salvaguardar nuestros caprichos y lo aventurero que es nuestro corazón y, por otra parte, nos descubre la imagen real que corresponde al sueño que Dios se ha hecho de nosotros desde siempre.

5.- ¿Cuándo podemos hablar de oración auténtica?

La oración se da entre el “decir” y la escucha. Tal vez habría que afirmar que oramos cuando aprendemos a “decirnos” delante del Señor, habiendo acogido y escuchado su Palabra.

“Decirnos” es la capacidad de presentarnos y quedarnos frente a Dios sin necesidad de inventar nada. “Tú me conoces, me sondeas y sabes lo que llevo en mi corazón”, son las palabras del salmo 139.

Delante de Dios no vale la pena tomar posturas o dar imágenes de cómo nos gustaría ser.

Dios no se espanta de nuestras miserias, ni de nuestras incoherencias. Ante él no hay porque sentirse indignos. Dios nos ama como somos.

Pero no podemos “decirnos” verdaderamente si primero no nos hemos educado en la escucha.

La oración nos pone en sintonía con el Señor para que podamos entrar en su frecuencia, para que en nuestro interior haya armonías y no ruidos que ensordecen e impiden la escucha  que abre al entendimiento, a la comprensión; a la escucha hecha no de la decodificación de sonidos, sino a la sensibilidad que acerca los corazones.

Escuchar la Palabra no significa hacer pasar por nuestros oídos rumores o susurros. Es dejar entrar en lo más profundo de nuestro ser la presencia del Señor.

La Palabra hace eco en la presencia de Dios que llevamos dentro y despierta en nosotros un lenguaje que ya no está hecho de palabras, sino de presencias que se ofrecen y se entregan.

La Palabra se transforma en corazones que aman. Y cuando se ama las palabras sobran y las presencias bastan.

6.-¿Qué oramos?

La mejor oración no es la que logramos con bonitas palabras y elaborados discursos. No es trabajo de elocuencia ni de oratoria.

La oración que vale la pena es la que nos pone en contacto con la vida y que transforma nuestra forma de vivir. Es la que nos hace personas nuevas en lo viejo y gastado de la existencia que se va quedando detrás de nosotros a medida que avanzamos hacia el final de nuestro tiempo.

Si la oración es un “entretenerse” con el Señor, el contenido de nuestro entretenimiento no puede ser otro que la vida con todo lo que ella nos brinda cada día.

Al Señor no hay que hablarle de lo que nos gustaría que fuese nuestra vida, no hay que hablar usando los verbos al tiempo pasado ni al futuro. Hay que presentarle lo que llevamos en la mano, en el hoy y aquí de nuestra vida.

Oramos lo que nos llena de confianza, lo que nos fortalece y anima; lo que nos alegra y nos llena de gratitud, porque en ello descubrimos la presencia fiel del Señor que nos acompaña.

Pero también oramos nuestros fracasos y dificultades, nuestras tristezas y pecados. Eso que nos sitúa ante el Señor sin falsas pretensiones.

Oramos nuestras incapacidades ante un mundo que nos desborda con su agresividad y sus males; con sus injusticias, sus pobrezas, sus violencias y sus desigualdades.

Oramos con esa realidad que nos empuja suplicar la misericordia a quien ha vencido a la muerte y todo aquello que pretende aplastar al hombre, negándole su dignidad de hijo de Dios.

Oramos la vida con sus sorpresas y sus milagros, con sus imprevistos y con lo más ordinario. Oramos con nuestras historias, conscientes de que se va escribiendo junto con Dios, pues es él quien sostiene nuestra mano.

Oramos cuando somos capaces de poner nuestra vida en las manos de Dios y nos abandonamos.

7.- La oración es una gracia que se tiene que suplicar cada mañana.

Podemos decir que la oración se aprende, se practica, se ensaya, pero muy en el fondo sentimos que la oración se recibe, como don y gracia.

El Espíritu es quien ora en nosotros, dice san Pablo (Rom 8, 26-28), pues nosotros no sabemos qué pedir ni qué decir. Pero cuando el Espíritu ora en nosotros recibimos los frutos de su acción, somos los beneficiarios de su amor.

Como discípulos, también nosotros tenemos que ponernos en una actitud de humildad y de sencillez a los pies del Señor para decirle “enséñanos a orar”. Esto quiere decir, ábrenos los caminos que nos lleven a ponernos delante de Dios para que lo reconozcamos como Padre. Para que sintamos en su presencia el amor que nos hace existir; para que experimentemos la protección providente de su mano. Para que seamos reconciliados con la fuerza del amor que sale de su corazón traspasado.

Enséñanos a orar para que desarrollemos nuestra capacidad de ser hombres y mujeres confiados. Para que crezcamos en la disposición de ser agradecidos y reconocedores de las bendiciones de que somos cubiertos a diario.

Enséñanos a orar, sobre todo, para que nos descubramos amados y llamados a vivir en la paz, como hermanos; en la alegría como hijos tuyos; en la esperanza, conscientes de que eres tú quien va guiando nuestros pasos por los senderos de esta historia nuestra, tan rica y fascinante. Pero también tan desafiante y provocante.

Enséñanos a orar para que cada mañana sepamos descubrir tu rostro en el hoy que nos regalas y en el mañana que nos prometes.

 

Para nuestra Reflexión personal:

  • ¿Vivo mi oración como un encuentro personal con el Señor?
  • ¿Cuando me pongo en oración, soy capaz de escuchar y de sentir?
  • ¿Cuando estoy en oración quién ocupa el lugar principal?
  • ¿En mi oración tengo presente a los demás?

 

Textos para reflexionar:

Lc 11, 1-4

Jn 1,35-39

Rom 8,26-28

 

Un modo de organizar nuestra oración

  1. - Prepara la oración.

Decide el lugar, el tiempo, el texto con el que vas a orar para que no te distraigas durante la oración.

  1. - Entra en la oración.

Toma conciencia de que estás en la presencia de Dios, déjate encontrar por él. Ofrece al Señor todo lo que eres y pon todo a su disposición.

  1. - Pide lo que deseas

Presenta con confianza aquello que llevas en tu corazón en este momento de tu vida.

  1. - Medita y contempla

Escucha los pensamientos que la Palabra de Dios suscita en ti y pon atención a los sentimientos que mueven estos pensamientos.

  1. - Concluye la oración

Trata de quedarte con una palabra o un sentimiento que te hayan tocado durante la oración y transformarlos en acción de gracias.

Trae a tu memoria lo que ha pasado durante el tiempo de tu oración.

Padre Nuestro

Ave María

Gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo.