Reflexión
SUEÑO DE UNA CASA DE PAZ
Jn 14,23-29
Jesús
le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo
amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a
mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre
que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi
Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo
la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten
ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran,
se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más
grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se
cumpla, ustedes crean.
En tres capítulos, Juan concentra todo lo que la comunidad ha entendido sobre Jesús. Y son tres palabras.
La primera es: la morada.
Vendremos a ellos y habitaremos en ellos. Dios en nosotros. «Oh hombre, considera tu grandeza real; llevas a Dios en ti» (San Basilio).
¿Quién, Dios? ¿En mí? Pero, ¿realmente? Pienso, y me respondo a mí mismo: “Quizás. Tal vez los santos”.
Aquí
encontrarás muy poco Señor, estarás constreñido; a veces, a menudo, te
descuidaré, te olvidaré; tal vez encontrarás poco más que una choza, una
cabaña, un tugurio maltrecho, hay poco que sea grande, hermoso, bueno.
Pero, por favor, no te vayas.
Pero
luego pienso que, si nació en un establo, no se escandalizará por un
poco de suciedad o por ese muro arruinado que encontrará en mí y en ti.
Mira,
Señor, vas a encontrar poco, pero te aseguro que trataré de reservarte
un amparo, un pedacito de hogar donde tú puedas sentirte amado, un
pedacito de corazón, donde haya un refugio para el Espíritu Santo, un
nido para la paz que tú traes.
La segunda palabra es: paz. Jesús resucita, se encuentra con los suyos y lo primero que dice: ¡Paz a ustedes!
Ahora que la guerra está desgarrando cada vez más el vientre de Europa, otra paz es la de Jesús.
Hoy
son muchas las personas en ansiedad y bajo estrés, con los muchos
miedos que corrompen la vida, o traicionadas, decepcionadas, deprimidas.
Y la tentación más inmediata es hacer una anestesia interior,
ingiriendo fármacos contra el estrés o la ansiedad, o para dormir; o
ingiriendo sustancias estúpidas como el alcohol y las drogas, abusando
de aquellas llamadas estupefacientes, porque, en realidad, hacen
estúpida la relación con la vida.
Les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
Jesús
no presenta a sus discípulos un deseo, sino que da una certeza, una
constatación al presente; dice que la paz está dada, ya "está" aquí,
está en nuestras manos.
Desciende la paz, llueve la paz sobre los corazones y sobre los días. Es la paz.
Un milagro continuamente traicionado, pero continuamente rehecho, del que no nos está permitido cansarnos.
La paz que no se compra ni se vende, sino que es un regalo que se hace tuyo con paciente artesanía. ¿Cómo?
Los verbos de la guerra entre nosotros son tres, tres verbos malditos, que dicen, traen, hacen daño:
- tomar, incluso lo que no es tuyo: acumular, amasar, puño cerrado, manos como garras;
- trepar, es decir, estar por encima de los demás, ser más visible, más conocido y famoso, superior;
- dominar, es decir, encontrar placer en mandar, decidir por los demás, que sean sumisos y obsequiosos.
Tres verbos de guerra: tomar, trepar, dominar.
Así,
el mundo da su paz a los vencedores de estas batallas, que se arman
para una lucha sucesiva en la que inevitablemente serán derrotados.
En
cambio, Jesús, a lo largo del Evangelio, contrapone otros tres verbos
en oposición a la guerra. Tres verbos benditos, portadores de un buen
futuro, que revelan el bien profundo infuso en cada uno de nosotros,
gracias al Espíritu que nos habita:
- dar,
es decir, saber abrir las manos en el don, no cerrar los puños, porque
para sentirse bien psicológicamente, el hombre debe dar, darse a sí
mismo;
- bajar,
estar al lado y no encima, no estar delante sino acompañar, con el arte
de flanquear, como el buen samaritano, que se baja de su caballo y se
inclina sobre el hombre golpeado hasta la muerte por los bandidos;
- servir, un gran verbo para valientes y para enamorados, para las madres que saben decir "primero vienes tú, y luego yo", como demuestra la autodefinición más sorprendente de Jesús.
Dar, bajar, servir. Tres verbos benditos, bendecidos por la paz.
El
padre Aldo Lazzarin, obispo misionero, me enseñó cómo actuar cuando una
relación se vuelve difícil: cuando vienen a mí y me explican el caso,
al final me preguntan: ¿tú decides quién tiene la razón, yo o él?
El
padre Aldo solía decirme: a mí no me interesa cuál de los dos tiene
razón, sino cuál de los dos se comporta evangélicamente. Ese tiene razón
en la vida.
La tercera palabra-promesa de hoy es: el Espíritu Santo. Él les enseñará todo y les recordará…
Amo a este Espíritu Santo: que volverá a recordar, llevará al corazón, volverá a encender todo Jesús.
No nos empuja a la iglesia, nos empuja a convertirnos en Iglesia, a ser ese templo donde está todo Jesús.
Llevará a su corazón gestos y palabras de él, de cuando pasaba y sanaba la vida, y decía palabras de las que no se podía ver el fondo.
Pero eso no es todo, el Espíritu abre un espacio de conquistas y descubrimientos: les enseñará nuevas sílabas divinas y palabras aún no pronunciadas, les hará hundir las manos en el futuro, por incierto que sea.
Será
el recuerdo vivo de lo que sucedió "en aquellos días irrepetibles" y al
mismo tiempo será genial, para respuestas libres e inéditas, para hoy y
mañana. Ni siquiera Jesús pretendía haberlo dicho todo.
Gregorio
Magno, grande Papa, sostenía: «El más pequeño de los creyentes puede
interpretar la Palabra de Dios como la interpreto yo».
Enseñanza olvidada.
Dices "magisterio de la Iglesia" y todos pensamos en esos documentos de muchas páginas que salen de la pluma de los Pontífices.
Pero
el magisterio de la Iglesia es también este magisterio del Espíritu,
extendido sobre todos. No es exclusiva de nadie, ¡es de todos!
Tú
tienes tanto Espíritu Santo como el Papa; tienes todo el Espíritu que
puedes contener, no una pobre tajada. El Espíritu nos hace enamorarnos
de un cristianismo que es visión, encanto, fervor, audacia y poesía.
Morada. Espíritu. Paz.
Un
frágil retoño, donde Dios hace la historia con las pobres cosas de la
vida, donde la paz se hace solo plantando pequeños oasis de armonía allá
donde estamos llamados a vivir, cada uno con su pequeña palmera de paz,
plantada en el desierto de la historia. No veo otro camino.
Mi
oasis, más el tuyo, mi metro cuadrado de paz, a mi alrededor, más el
tuyo, más el de otro, más el de su vecino. Y cuando los oasis sean miles
de miles, conquistarán el desierto.
Oremos
Dios de nuestra pasión por vivir,
Dios de nuestra pasión de comunión,
tú que habitas en cada uno,
más íntimo a mí que yo mismo,
tú que me envuelves con tu cariño
y penetras toda criatura con tu luz;
tú, vida incansable y gozosa,
tú, secreto de toda existencia.
Yo vivo por ti, Señor:
pan que alimenta mis sueños,
sangre viva de toda creación,
savia de primavera.
Ermes Ronchi, osm